
El hombre bohemio nos encanta, nos invita a explorar el universo paralelo que transcurre en su mente y nos muestra nuevas y originales concepciones de lo cotidiano. Nos enseña un romanticismo moderno liderado por su distinguido vocabulario: sus expresiones son una mezcla de lenguaje callejero y lirismo romántico, tiene un acento propio y cultiva su lenguaje para su propia satisfacción. Adora cómo brotan las palabras de su boca frente a un público que tiene que descifrar su significado.
Él nos seduce para que entremos en su mundo de palabras y sabiduría, libertinaje y rebeldía, sueños y exquisiteces. Pero a pesar de esto no estamos conformes. Descubrir y formar parte del mundo de nuestro chico es nuestro mayor deseo y objetivo, pero sucede que cuando finalmente tenemos la entrada en nuestras manos tenemos la sensación de querer salir corriendo por la puerta trasera. ¿Somos espectadoras desilusionadas por una mala obra o parte de un público que no sabe apreciar el buen arte?
El hombre bohemio tiene la necesidad de ser estrafalariamente diferente de los demás, le gusta considerarse una personalidad compleja y se siente orgulloso de su singularidad. Abundan en él las particularidades y sin darse cuenta, atrae al bicho raro que hay en nosotras. Probablemente sea eso lo que nos acobarda del hombre bohemio: ¿estamos listas para quedar cara a cara con nuestro lado más extraño? Quizá estemos demasiado acostumbradas a los actos predecibles de la mayoría de los hombres y simplemente nos intimide lo imprevisible que el hombre bohemio puede ser. Pero ¿cómo fue que nos resignamos a tratar sólo con los hechos conocidos y dejamos de experimentar con reacciones impredecibles?, ¿acaso tenemos miedo de salir lastimadas?

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